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24 de febrero de 2018. Exaltación realizada por D. Victor Ruiz Ñeco

24 de febrero de 2018. S. I. Concatedral de San Nicolás. Exaltación a Nuestro Padre Jesús y Stma. Virgen de las Penas, realizada por D. Victor Ruiz Ñeco, en el Acto Institucional de la Hermandad

Paz y Bien:

Es muy socorrido entre los pregoneros y exaltadores, el ponerse delante de la imagen Titular y encomendarse a ella para que le guíe. Pues bien, mi Padre Jesús, mi Señor, me tuviste a tus pies y en mi rato de contemplación y oración me pellizcaste el corazón haciéndome sentir, que no solo de tu belleza y dolor sereno debería exaltarte.

Tu abrazo a la Cruz me dejo conmovido.

Quizás fuera por el hecho de que, al considerarme franciscano, siempre tengo presente el abrazo de San Francisco de Asís al Crucificado; preguntándole, “ Señor que quieres que haga”; como tú , Padre Nazareno, le preguntaste tantas veces a nuestro Creador.

Nuestro Padre Jesús es una imagen mil veces rezada, como muchas otras, pero ese abrazo a la Cruz lo hace extraordinariamente conmovedor. Cuantas veces en nuestras vidas sentiremos ese abrazo tuyo…como si fuéramos camino del Calvario contigo. Que ni tan siquiera somos el polvo que levantas andando con la cruz a cuestas camino de tu crucifixión, pero somos la razón de ella.

Mi Padre Jesús…agarras, sostienes, abrazas tu Cruz con la dulzura de cuando nos llevas en brazos, acompañándonos en los momentos difíciles de la vida. Por que no olvido Señor, que cuando la vida nos sonríe, vemos cuatro huellas, las dos tuyas y las dos mías; pero cuando pasamos dificultades o la enfermedad se apodera de nosotros, solo vemos dos.

Y no son las dos nuestras,  no nos has dejado solos. Esas dos huellas son las tuyas que nos llevas en brazos, como si de tu Cruz de plata y madera fueras camino del calvario.

Mi Padre Jesús, cuantas veces he visto y he vivido ese abrazo tuyo en mis enfermos. Si ni tan siquiera muchos de ellos conocen al Rey Nazareno, pero te haces presente en cada uno de ellos;  en su padecimiento de la enfermedad, en su abandono, en sus últimos momentos y en el consuelo de sus familias;  y en esa dura decisión final:  lo que no vale en el cielo, déjalo en la tierra para el alivio de los que necesitan un órgano de vida.

Pero no siempre tu abrazo a la cruz es parte del padecimiento humano.

El abrazo del varal de tus costaleros cada Martes santo, que se asemeja al tuyo a la Cruz, nos hace por unas horas mas cercanos a ti.

Sobre su trono en pan de oro, portado, mejor dicho, abrazado por tus costaleros y a los pies de Nuestra Virgen del Remedio, se dirige Nuestro Padre Jesús a dar catequesis de fe en la calle. Tarde noche de Martes Santo. Tantos fieles y devotos ansían como cada año la salida de su Señor, para engrandecerse en su devoción.

¡ Si, es él el que sale a nuestro encuentro!, con su majestuosa túnica bordada y bajo un manto de iris azul, y sus 75 años dando testimonio de la Pasion.  Otro año más sale a repartir fe y devoción, consuelo y majestuosidad. Nuestro Padre Jesus, enaltecido con toda su Hermandad a sus pies, con su cruz a cuestas, con su rostro afligido, sereno, sabiendo a donde va y que le espera muerte de cruz.

Ahí va el Nazareno!, buscada su imagen y su sombra, el Castillo de Santa Bárbara al fondo, callejeando por nuestro casco antiguo, que parece que cada año coge más solera de alicantino.

A su altar hecho trono, lo acompaña en su caminar todo un cortejo de nazarenos que alumbran su discurrir. Nazareno de túnica morada, de vela blanca; que de manera anónima hace una oración. Envidiable Hermano de Luz, que eres el único de todo el cortejo, que junto al Señor y a nuestra Madre, das sentido a nuestra manera de procesionar y exaltar la Pasión de Nuestro Señor.

Muchos nazarenos con años de penitencia. No crean que es por casualidad, sino porque es el cortejo de Nuestro Padre Jesús de los de  más solera alicantina, de los de herencia de padres a hijos, de los de gran tradición, y de los de rancias maneras.

Sonidos de tambores se aproximan al pueblo expectante;  pero antes de ver a Nuestro Padre Jesus, ya lo sientes delante. Ese aroma a incienso que te precede a la vista, que te envuelve y te despierta el alma, que te aflige y te llama al silencio. Que se convierte cada grano en humo, como si fuera el recuerdo de todos sus hermanos que lo ven desde el balcón del cielo.

Y ya lo ves, subiendo por Labradores, con su andar cadencioso, que no sabes si rezarle, si santiguarte,  si mirarle o si hincarte de rodillas para demostrarle tu respeto…

Pasa el Nazareno cerca de ti. ¡ Páralo capataz, páralo!…que lo pueda contemplar más cerca de mí, que ese rostro compasivo y misericordioso, de entrega y de valentía hace que cada Martes Santo te hagas más presente en mi vida.

¡Señor, Padre mío, no se qué decirte, no se cómo mirarte, solo te pido que cuando te acompañe en el cielo, me abraces, como te he dicho antes, y me presentes al Altísimo más pronto que tarde!

Luz de mi vida y espejo de mi ser; sigue iluminando cada Martes Santo a todo tu pueblo con fe. Y no te olvides del que no la tiene; pellízcale, aunque solo sea por un momento en su corazón, a ver si contemplando tu rostro de pasión, comprende que eres la razón de su existir.

Pero Nuestro Padre Jesús no está solo en su camino.

¿ qué madre no acompaña a su hijo? Y ahí está ella, la Virgen de las Penas.

Que ya puedes mirarle desde donde quieras, que en cada momento y en cada lado te va a decir algo distinto y algo que te sorprenda.

¿ por qué madre mía te falta el aliento? ¿ es por el dolor de ver a tu hijo camino del calvario? ¿ es porque pides clemencia para que no sea crucificado? ¿ o es porque ya , resignada y entregada, aceptas la voluntad del Padre?

Virgen de las Penas, madre desconsolada, afligida y dolida, que buscas el consuelo mirando haya arriba, esperando compasión para que acabe pronto esta agonía.

Cuantos rezos y plegarias están en cada lágrima de tu rostro. Cuantos suspiros, anhelos y deseos guardas en tu pañuelo.

No necesitas de un palio para agrandar tu belleza; ni tus valientes costaleras quisieran dejar su hombro, por que cada Martes Santo le espera la reina de sus anhelos.

De luto vestida, con diadema divina, con rostrillo mojado de lágrimas…va nuestra Dolorosa a su encuentro con su hijo divino, con Nuestro Padre Jesús, el Nazareno alicantino.

Es tu rostro mi pasión, es tu mirada una plegaria de oración, por tantos y tantos enfermos; por tantos y tantos hijos tuyos que en su desconsuelo buscan;  bajo tu amparo divino, un alivio para sus penas, un aliento y  tu cariño. Protégenos bajo tu manto, de luto aterciopelado, de todo desamparo y abandono, que de por ser humanos no nos libramos.

Sea tu dulzura sufrida, fuente de tus lágrimas de amor, el gran consuelo de mi vida, cuando me encuentre triste y sin calor.

Virgen de las Penas, Señora mía, Dolorosa bendecida por tus corazones cofrades, que cada Martes Santo te llevan por sus calles, dales fuerzas a tus costaleras, para que solo tengan pena cuando vengan de recogida.

Tarde de pasión, a hombros portada por tus costaleras, callejea la Virgen de las Penas, en un baño de pureza, con sus hijas costaleras.

Presidida por Mantillas de negro satén , rosario en mano y corazón partido,  al ver desconsolada a su madre de las Penas por la próxima muerte de su hijo.

No le abandones madre mía, no pienses que tu hijo no puede con su cruz; que es la cruz nuestra la que abraza, y es la que da sentido a nuestras vidas.

Nuestro Padre Jesús, mira a tu madre desconsolada, que le falta el aliento de tanta lagrima echada…vámonos de recogida, a ver si al entrar en San Nicolas la recibe su hermana alicantina del Remedio y la consuela, la aflige y la acobija.

Ya vuelve en la noche entrada, nuestro Señor de pelo largo y corona ensangrentada. Que bien ha andado, con que reposo y con qué clase.

Ha derrochado ternura, ha puesto corazones cofrades donde no los había, ha sacado lágrimas de quien esperaba solo ver una talla…es la grandeza de Nuestro Padre Jesús cada Semana Santa.

Y tras él, su madre de las Penas, que ya no tiene tanta, que parece de alegría, cuando después del encuentro con su hijo, ha sabido que Resucitara al Tercer Día.