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Exaltación “Santo Sepulcro” en Acto Institucional “75 Aniversario” realizada por Rafael Sellers.

Exaltación Hermandad Santo Sepulcro

Concatedral de San Nicolás
Sábado 13 de enero 19:30 h.

75 aniversario
1942-2018

Una mañana de julio, recibí la llamada de mi amiga Esmeralda Giner, proponiéndome exaltar el Acto Institucional del Santo Sepulcro. No le pude decir que no. Quienes me conocen, saben que mi primer contacto con una Cofradía, además de con el Gran Poder, fue con Nuestro Padre Jesús a través de la familia. Aún recuerdo la tarde de otoño del 77, cuando, reunidos en casa de mi madre con mi abuela y mi tía, que vivían aquí cerca y me pagaban la vesta, me dieron un ultimátum porque debía hacerme el traje ya: o La Santa Cena, la del colegio, en la que ya estaba mi amigo Carlos, o Nuestro Padre Jesús; “que también saldrás un segundo día: el Viernes con la capa blanca”, me dijeron. Al final pesaron más el colegio y los amigos, si bien siempre me he sentido muy unido a estas dos hermandades. Recuerdos, nostalgia, familia, Semana Santa, olor a incienso y velas. Evocación de un pasado, de un inicio en el mundo cofrade de la mano de mis padres, pero sobre todo de mi abuelo, que tan pronto me llevaba a Santa Cruz un Miércoles Santo a las 4 de la tarde, que salíamos a las 11 de la noche, tras cenar, a acompañar a La Soledad en su desierto regreso a las Monjitas. Y por supuesto, no había Jueves Santo que no venía a los salesianos a por mí, tras finalizar la procesión.

Exaltación, del latín exaltatio, significa “alabanza de las cualidades y méritos de una persona, una cosa, una institución…”. En nuestro caso, alabaremos las cualidades y méritos de la Hermandad del Santo Sepulcro; sin duda, una de las más antiguas de nuestra ciudad. Y cómo lo sabemos… Vengan conmigo. Hagamos un recorrido por la Cofradía del Santo Sepulcro a lo largo de los siglos.

Nuestros más insignes cronistas, Bendicho y Viravens, ya nos revelan que la primitiva Hermandad del Santo Sepulcro pudiera venir, por lo pronto, del siglo XVI o XVII, donde tenía lugar cada Viernes Santo una Procesión desde la ermita de la Sangre, erigida en la actual plaza de la Virgen del Remedio. Y por lógica secuencia pasionaria, debió de ser el paso del Santo Sepulcro, un Cristo Yacente sobre una mortuoria losa sepulcral, el que cerrara el largo cortejo de la Procesión del Santo Entierro de Alicante.
“La más antigua de la ciudad, como así atestiguan documentos”, llegó a decir el directivo del Sepulcro, D. Manuel Rovira, en una entrevista de 1930, lamentando que los documentos que certificaban su antigüedad estuvieran dispersos en varias casas. “Hasta disponíamos de unas reglas antiquísimas, que no sabemos dónde están”, comentó D. Manuel, referidas a la que antes era también conocida como Mayordomía del Santo Sepulcro.

Nuestra ciudad contaba con una procesión el Jueves y otra el Viernes Santo, que desaparecieron a finales del siglo XVIII por motivos que no valoraremos, hasta que en 1819 se solicita y promueve de nuevo la Procesión del Santo Entierro, de manera que, obviamente, la Cofradía del Santo Sepulcro debió de tener un papel muy importante en la recuperación de la Semana Santa. Esta relevancia a lo largo de los siglos la llevó a participar en las procesiones del “Corpus Christi” de mediados del siglo XIX, siendo presidente D. José Carratalá, junto a La Samaritana, La Verónica o San Juan Evangelista.

Debido a la importancia del paso y al buen hacer de la directiva, la Cofradía del Sepulcro siempre estuvo nutrida de gente noble e importante de la ciudad, personas con recursos que no escatimaban medios para promover constantes arreglos y mejoras en el paso.

En marzo de 1875, el presidente D. José Aguilera de Aguilera comentó los nuevos arreglos del paso, reunida la Cofradía en uno de los locales de Santa María, donde radicaba su sede:
—Hemos restaurado la urna de cristal del paso que contiene la talla.
— ¿Quién lo ha hecho? —preguntó el directivo más joven, Juan Javaloyes.
—Reputados profesionales, bajo la atenta dirección de D. Bartolomé Mailín —le contestó.
—¿Y quién paga?
—Es un regalo del presidente –aclaró el secretario.

La actividad de la Cofradía era incesante. Las mejoras y restauraciones son una constante, llegando a instalarse un año en el paso hasta 100 tulipas con vela, lo que provocaría una inusual refulgencia al final de la larga comitiva que conformaba la antigua Procesión del Santo Entierro que, cada Viernes Santo, salía desde Santa María a las 6 de la tarde. La urna de cristal con el Cristo fallecido se veneraba en la Basílica de Santa María, y hasta allí acudían de todos los rincones de la ciudad a venerarlo, a contemplarlo, a rezarle, sobre todo, los días previos al Viernes Santo.
—¿Cuándo sale en procesión? —preguntó un feligrés al directivo Juan Javaloyes, que limpiaba los cristales de la urna. Era el directivo que más trabajaba para la Cofradía: no había mes que no acudiera a limpiar la urna del Señor.
—Todos los Viernes Santo al atardecer —le contestó—. En la Procesión participan entre 14 y 16 pasos que no siempre siguen un orden litúrgico, llevando cada uno de ellos su propio cortejo. Nosotros, los del Sepulcro, llevamos 2 estandartes, los penitentes, nazarenos, el paso, la banda de música y la presidencia con la directiva al completo.
—¿Y qué música acompaña al paso?
—Depende del año: unos años banda de música y en ocasiones un coro entonando patéticos motetes —le contestó.
Sin duda, gracias al buen hacer de las personas al frente de la Hermandad y de las constantes mejoras de su patrimonio, la prensa de finales del XIX insistía en que el “Paso del Santo Entierro era el mejor de todos”, provocando que el resto de hermandades de la ciudad comenzaran a introducir mejoras en sus pasos, a semejanza del Sepulcro. De hecho, algunas cofradías aumentaron su patrimonio, incorporando algunas imágenes más. Pero no todo fue un camino de rosas en esta numerosa Cofradía, puesto que, a principios del siglo XX, y siendo presidente D. Emilio Senante, cundió la apatía y la desgana entre sus cofrades. Se fue dando de lado a la Hermandad, y el personal aparecía únicamente el día de la procesión, hasta que, finalmente, D. Bernardo Pérez, más conocido como el “abuelo”, cogió las riendas del Sepulcro y le dio un nuevo impulso.

Reunida la nueva Junta, el flamante presidente dio cuentas a su directiva.
—Os comunico que vamos a afrontar una nueva restauración.
—¿Y quién la paga? —intervino el joven Juan Javaloyes, siempre preocupado por la tesorería.
—Una donación —le contestó el Hermano Mayor—. Resulta que el terciopelo negro del interior de la urna del paso absorbe la luz, de manera que hemos decidido instalar un cristal esmerilado en el techo para que salga toda la luz. Que pagará el Sr. Pillet –terminó mirando a Javaloyes.
Como veréis, la Cofradía cuidaba siempre hasta el más mínimo detalle.
Finalizada la reunión, nuestro joven amigo preguntó a D. Bernardo Arenas, uno de los más veteranos, por la procedencia del Cristo.
—¿Sabemos de cuándo es la imagen?
—No lo sabemos a ciencia cierta —le contestó—. Pudiera ser del siglo XVII, de un estilo que llaman “de piedad” y ejecutado por algún artista valenciano —datos estos que, en los pasados años 70, desvelaría el diario La Verdad—. Pero no sabemos de quién es. De todas formas, te comentaré, por si no lo sabes, que la propiedad de muchas imágenes recae en particulares y no en las hermandades, con el perjuicio que ha causado algún año, el hecho de que el dueño no quisiera ceder la talla a la Hermandad para procesionar, como así sucedió hace poco con la Sentencia.

Estamos a finales de los años 20 y varios miembros de la Cofradía deciden recorrer las calles de la Procesión un día antes, el Jueves Santo. Muchos portales, fachadas y balcones prueban sus luces a la espera de la procesión del Viernes. Los escaparates están decorados con motivos cofrades y los hornos huelen a toñas, y a otro producto típico de la Pascua: la torta de San Juan o coca amb tonyina. De regreso a Santa María escuchan música. Era la Cofradía de la Corona de Espinas —actual Esperanza— que, en perfecta y organizada procesión, trasladaban el paso de la Virgen, desde su sede en el Convento de San Francisco, a Santa María.
Esperaron en la plaza a que entrara el paso. Dentro del templo, cofrades de la Virgen de los Dolores subían la imagen del inmortal Salzillo al pequeño trono dorado que acababan de traer de un almacén de las Agustinas. Otros limpiaban las alargadas tulipas, mientras unas mujeres terminaban de dar las últimas puntadas al San Juan.

Al final de los años 20 y principios de los 30, la Cofradía del Sepulcro, que seguía presidida por D. Bernardo Pérez, continuaba siendo una de las más boyantes. Cada Viernes Santo era esperado con inquietud y alegría en casa de los Javaloyes, para vestirse y prepararse para la procesión de la tarde.

Con cierta ceremonia, iban vistiéndose con el hábito de penitente: una túnica negra de botones encarnados, cíngulo rojo y guante negro, zapatilla negra con hebilla y un largo capirote con el escudo de la Cofradía.
—Algún año deberíamos incorporar una capa —expuso uno de sus hijos.
—Es cierto, y a punto estuvimos de hacerlo hace un tiempo, pero la Junta de Gobierno acordó que los cofrades del Santo Sepulcro llevaran un distintivo, un símbolo en la túnica, en lugar de la capa que habían acordado. Y eso fue hace más de 50 años.
El paso ya estaba preparado en el interior de Santa María y había sido arreglado con flores naturales, pero también de plástico, por la familia Sales. Estaba compuesto por tres cuerpos bien diferenciados: el primero contenía decenas de fanales; el segundo la urna con el Cristo Yacente envuelto en una mantilla de blondas; y el tercero ostentaba baldaquines de terciopelo negro y flecos de oro.
El interior de Santa María es un hervidero de gente, de voces de capataces y de cofrades organizando la procesión. Huele a incienso, a cera, a flores frescas.
Juan Javaloyes y su hijo Antonio se acercaron al capataz del Sepulcro, Juan Visconti.
—Al final, ¿qué acompañamiento musical llevamos este año?
—Este año un coro de voces con túnicas negras como nosotros, que irán entonando motetes junto a la urna del Señor —le contestó—. La pena es que solamente procesionen este año unos 100 cofrades, la mitad de los censados.
—¿Y el mismo recorrido del año pasado? —preguntó Antonio.
—Sí. Bajamos de nuevo por la Rambla, en lugar de Labradores, aunque se hayan quejado los vecinos al Ayuntamiento. Pero así lucen más los pasos grandes como este o la Sentencia.

Es la hora de la salida, y un nazareno de alto capuchón, portando el estandarte de Santa María, asoma por el vano de la puerta. La Samaritana, La Sentencia, Ecce-Homo, Flagelación, Caída, Nazareno… y el Santo Sepulcro, que, como bien nos decía la prensa, “parecía una ascua de oro”. Cada paso con su cortejo y música. A lo largo de la Procesión surgen espontáneas saetas entre el contenido público. La gente se santigua y arrodilla al paso de las distintas escenas de la Pasión, pero, sobre todo, al paso de Jesús fenecido, que entre el silencio y respeto, algún año, también recibiera una sentida saeta.

Estamos en 1931. Termina la procesión. Los cofrades colocan al Cristo en su capilla y el paso desmontado en un almacén de Santa María hasta una nueva restauración, o hasta al año que viene. Sin embargo, nadie imaginaba que ese sería el último año que lo haría hasta 1940, ya que, en 1932, se suspenden las procesiones de Semana Santa.

En los años 30 se perdieron muchas imágenes, objetos y enseres procesionales. No obstante, sabemos que el paso del Santo Sepulcro y el de La Soledad no desaparecieron, como así constató el alcalde Ambrosio Luciáñez en 1940, al solicitar del Gobernador Civil la reanudación de las procesiones de Semana Santa con “esas” imágenes que no habían desaparecido. Por fin, el Viernes Santo del 40, nuestra ciudad recuperaría la Procesión del Santo Entierro participando únicamente La Soledad, que la prensa de la época reveló que fue La Marinera, y El Sepulcro que, días previos a la procesión, tuvo que ser restaurado al evidenciar todavía las marcas del fuego de los años 30.

Tanto nuestro amigo Juan Javaloyes como Bernardo Pérez participarían probablemente en la puesta en marcha de la nueva Hermandad del Santo Sepulcro. En esos primeros años no había Hermandad propia, y era Falange Española la encargada de portar, en cuatro filas de varales, el paso con la urna del Cristo Yacente.

Llegados al crucial 1942, una nueva Hermandad recuperada ese año, pero con siglos de historia, Nuestro Padre Jesús, decidió hacerse cargo del paso del Santo Sepulcro, contactando con antiguos cofrades, como el anterior presidente D. Bernardo Pérez, y con un escultor al que se encargó que labrase una nueva talla.

D. Julio Escoto, presidente de la Hermandad del Nazareno, se reúne en diciembre del 42 con el antiguo presidente del Sepulcro, al que le instó a que entrara en la directiva. Como no podía ser de otra forma, Bernardo se reunió con Juan Javaloyes el día que se bendijo el nuevo Cristo en Santa María, para que le ayudara con los preparativos de la tarde. Colocaron el paso a la derecha del presbiterio y probaron los nuevos faroles de luz eléctrica.
—Me gustaba más como antes, con la luz de las velas —comentó Juan.
—Sí, pero los tiempos cambian —le respondió el capataz—. Hasta alguna cofradía llevará esta tarde hachones eléctricos —en clara referencia al Divino Amor.
En el paso colocaron 4 cintas blancas y azules que deberían sostener los 4 padrinos en el momento de la bendición del paso, que ofició el jesuita Padre García. El Padre Lorenzo Salcedo se encargó de dirigir unas sentidas palabras a todos los allí congregados, con D. Julio Escoto a la cabeza, y el antiguo Presidente del Santo Sepulcro, D. Bernardo Pérez “el abuelo”, que entró a formar parte de la nueva directiva.

El Viernes Santo de 1943, Bernardo, Juan y varios antiguos cofrades del Sepulcro decidieron pasar el día juntos. Estaban henchidos de alegría, porque su Hermandad, aquella que fuera tan numerosa y referente de otras por su buen hacer, a la que la prensa había considerado como una de las mejores, saldría de nuevo esa tarde en procesión.
—Si os parece bien —propuso Juan—, tras el Sermón de las 7 palabras en San Nicolás, visitaremos los Monumentos que han instalado algunas iglesias.

Y así hicieron. Y seguramente también actuarían entonces como lo hacemos hoy en día nosotros, los que amamos perdidamente la Semana Santa, porque para nosotros, la Semana Santa no sólo es salir en una Procesión, si no que es visitar todas las iglesias en las que hay pasos, donde se huele a incienso, en las que se visten santos, en las que se huele a flor fresca y en la que encontramos a un amigo con el que poder hablar de eso, de Semana Santa.Porque la Semana Santa para nosotros dura todo el año; un año en el que no paramos de ver procesiones grabadas en la tele, en el que escuchamos marchas hasta en el coche o encendemos un poquito de 3 Reyes en el salón. A que os son familiares estos benditos ejemplos…

A las 19 horas salió la Procesión. Tras todas las hermandades, El Sepulcro con sus nazarenos de túnica y capirote color nazareno, y capa blanca. Detrás, La Soledad de Santa María. Balcones, fachadas y portales estaban iluminados al paso del Sepulcro. Reinaba un absoluto silencio, roto de cuando en cuando por alguna lastimosa saeta que hacía detener el cortejo. Se escuchaban marchas fúnebres y el Miserere de Crevea durante el cadencial paso del Sepulcro. El público congregado estaba acongojado y emocionado al ver el nuevo paso dorado y ricamente labrado, mucho más grande que el anterior, y con un solo cuerpo sobre el que descansaba la mortuoria losa de Jesús.

Sirva, en fin, la presente Exaltación de homenaje a aquellos cofrades del Santo Sepulcro que mantuvieron a la Cofradía en lo más alto, y que trabajaron sin descanso por amor a su Cofradía y a su Semana Santa. Y sirva asimismo de homenaje a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús, que tomó las riendas del Santo Sepulcro con amor y devoción, en un sentido ejercicio de responsabilidad al que todos los cofrades y alicantinos en general debemos gratitud.

Pero no quiero concluir esta Exaltación sin formularos un ruego, con toda humildad, pero también con toda convicción: tened siempre presente a qué hermandad representáis. Advocaciones puede haber muchas y de pasos parecidos, no cabe ponerlo en duda. Pero solo puede haber, de hecho solo hay, un Santo Sepulcro. Un paso señalado y significativo, de una Hermandad única de la que todos, absolutamente todos, nos sentimos partícipes. De ahí que sea grande, y sea también hermosa, vuestra responsabilidad.

Muchas gracias por vuestra atención y buenas noches.

Rafael Sellers Espasa
Vicepresidente Junta Mayor de Hermandades y Cofradías
de la Semana Santa deAlicante